4 de noviembre de 2012

Memorias de un enterrador

«Lo mejor de mi trabajo es estar en un entorno peculiar, silencioso, acogedor, mágico casi, en contacto con el aire y con los efluvios de las almas... Lo peor, los hielos y escarchas del invierno». El que habla es Francisco Belmonte y la labor la que se refiere con tanto cariño y normalidad es la de sepulturero. 

Francisco Belmonte es sepulturero y autor
de «Memorias de un enterrador».
Este madrileño de 38 años, semblante de tipo duro y voz cálida, lleva 20 inhumando y exhumando cuerpos en el cementerio de San Justo, en el Paseo de la Ermita del Santo de la capital. «Una de las sacramentales con más encanto de España», asegura. No es casualidad que se dedique a esto. Su padre ya fue enterrador en el mismo camposanto y su abuelo trabajó allí en labores de mantenimiento. 

Un enterrador del siglo XXI con un trabajo que recuerda más al siglo XIX. Sigue utilizando varas de hierro, maderos y pico y pala porque «el 90% de los 18 patios del cementerio son tan antiguos que no permiten el uso de tecnología avanzada»

Aunque muchos lo pasaríamos mal teniendo que convivir a diario con cadáveres encerrados en cajas, Belmonte asegura que es un trabajo «normal y corriente», con una salvedad que también le diferencia del común de los mortales: a él su labor le «encanta». Está casado y tiene una hija de nueve años que le pregunta cuando llega a casa: «¿Cuántos muertos has enterrado hoy?»

Francisco no es solo enterrador. Su experiencia en el cementerio de San Justo le ha permitido convertirse en escritor. Este jueves, día de Todos los Santos, salió a la venta en Amazon el cuarto volumen de su obra «Memorias de un enterrador», en el que narra las vidas y muertes de muchas personas que guardan relación con el camposanto en el que trabaja. Los relatos están basados en hechos reales, aunque el autor reconoce que se trata de una novela y que se ha permitido ciertas licencias narrativas y poéticas. Patio a patio y lápida a lápida, ha descubierto auténticos dramas de película. «He encontrado cientos de historias extraordinarias, aunque ninguna sobrenatural», matiza. 

La que más le marcó fue la de una señora cuya hija de siete años murió atropellada en la década de los 70. «La mujer iba cada día con otro hijo al cementerio. Al niño le sentaba en un banco de piedra y ella dormía sobre la lápida de la niña, que siempre estaba llena de muñequitas», cuenta a ABC. No es lo más escalofriante de la historia. Esta madre, que seguramente perdió la cabeza tras el trágico suceso, no paró hasta degollar al hijo del conductor que había atropellado a su niña. Afortunadamente el pequeño no murió. «Ella me contó cómo después de degollarlo vino al cementerio a tirar el cuchillo», recuerda Belmonte. El sepulturero relata que la mujer pasó algún tiempo en la cárcel, pero cuando salió, y hasta el final de sus días, mantuvo el hábito de visitar a diario el camposanto. 

Antes de terminar la entrevista, le pregunto si se puede ser enterrador y tener miedo a los muertos. Sólo recuerda el caso de un compañero que tuvo que dejar el trabajo porque no soportaba las exhumaciones. Pero, además de valentía, ¿qué se necesita para ser sepulturero? «Tienes que ser fornido porque es un trabajo físico muy duro y tener un alma ancha y grande para absorber los sentimientos negativos», concluye Belmonte.

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